Desde mi ventana

Confinada

Esta mañana mi hija mayor me ha comentado que ya llevamos treinta días confinadas en casa por el COVID19. Al
principio iban a ser treinta, y ya hemos llegado al mes; Y lo que nos espera. Desde que comencé a estar encerrada en casa me he dado cuenta de que me gusta mirar por la ventana. Es una de las cosas que he empezado a hacer estos días, nunca lo había hecho, ni siquiera cuando estuve convaleciente en casa cuando estuve enferma. Bueno, en esa época la verdad es que lo que pasara por la calle me tenía sin cuidado.

Sin embargo, ahora el hecho de salir a la terraza se ha convertido en mi momento favorito del día: salgo para tomar el aire, recargar las pilas y sentirme parte del exterior. Es mi manera de engañar a mi mente y decirle que en realidad no está tan encerrada, que de vez en cuando salgo a la calle – aunque sea sin pisarla -. Y de hecho, llevo varios días haciéndolo, y se ha convertido además en un entretenimiento mucho mejor que el de la televisión.

Cada día, desde mi ventana, veo a un señor dos edificios más allá alejado del mío que aprovecha para sacar la cabeza y respirar. Si hay un rayo de sol, se queda quieto como unos cinco minutos, se nutre de vitamina D y vuelve a sus tareas domésticas. Me encanta cómo disfruta de su momento de libertad.

Por otra parte, lo que más me gusta es vigilar a los que pasan por la calle. Al principio me molestaba o les tenía envidia; Siempre pensaba que por qué ellos podían salir y yo no… Ahora sin embargo, los entiendo a todos y a cada uno de los que pasean, porque seguro que algún motivo tendrá cada uno para ir por la calle a horas que no son ni de entrada o salida al trabajo ni de emergencia. Yo de hecho, si lo tuviera, lo aprovecharía, porque estoy ya un poco harta de no poderme mover.

Y hablando de mover, mi vecino del edifico contiguo, al que veo desde mi terraza, se debe de estar preparando para una carrera de obstáculos o una maratón, porque se le ve recorrer de forma rápida y concisa su terraza y entra y sale de casa como si hubiera ideado un circuito. Y lo hace todos los días, con una disciplina digna de admiración. Entra sale, entra y sale, se entretiene y mantiene en forma. Es sorprendente, porque yo intenté hacerlo una vez y me quedé en eso, en el intento.

De los ciudadanos que pasean por la calle, he hecho varios grupos (imaginaros si estoy aburrida y desesperada). Uno de ellos son los paseadores de perros. Bueno, más bien, los perros que pasean a sus dueños. Los pobres van derrengados, agotados, se nota que salen a la calle más veces que las necesarias. Algunos, incluso, aparecen en mi calle desde barrios vecinos; Y esto no es invención mía, es que ya he divisado algún que otro habitante de la ciudad que conozco y sé a ciencia cierta que no vive por aquí. De repente, y vestido con zapatillas de deporte, ha acabado con su perro en el parque de al lado, cuando tiene uno justo debajo de su casa. Qué cosas tan raras tiene esta pandemia que nos acosa.


Otro grupo de personas que tengo ya caladas desde mi ventana son los que van a la compra. Están los que yo llamo con talento, los que van con su carro y vuelven empujando la compra a duras penas. Se nota que van con su lista, su organigrama y compran lo esencial. Sobre todo, papel higiénico, compra que inicialmente se hizo a gran escala y que nunca llegué a comprender por qué. Luego están los que van a por el pan, que digo yo, en plena cuarentena, salir a por el pan ¿No es una salida absurda que sólo sirve para contagiar o contagiarnos? Y luego están los que van a por tres tontadas al supermercado y de paso se pasean. Se nota porque cuando se dirigen al supermercado llevan una bolsa muy pequeña casi imperceptible y cuando vuelven apenas va llena y se nota que pesa muy poco. Y es que tantos días confinados ha aguzado el ingenio de algunos y las ganas de salir de otros con cualquier excusa.

Después he observado el uso de la mascarilla. Inicialmente pocos lo llevaban, ahora es la tónica general, y menos mal porque a partir de mañana es obligatoria para todos los que deben volver al trabajo. Y luego está el grupo desconocido que vaya donde vaya, ya sea a la compra, a pasear al perro o a cualquier otra actividad, utilizan el chándal como uniforme oficial de confinamiento. Y mientras los veo yo me pregunto: ¿Pero no estaba prohibido hacer deporte? ¿Todos mis vecinos van a participar en la próxima San Silvestre?

También está la que va vestida de punta en blanco para ir al supermercado o el que saca al perro con zapatillas de estar en casa. Sí, son muchos días, ya he visto de todo. Y entonces pienso en lo que va a cambiar la moda cuando salgamos, si ese momento llega algún día. No necesitaremos tanto modelito ni complemento, con cualquier cosa estaremos perfectos.

Y luego estoy yo, la que observa a los viandantes y es observada cuando toma el sol. La que saluda a los policías cuando pasan por delante abochornando a sus hijas. la que sale a aplaudir a las ocho y vigila que todos los vecinos estén en su sitio, y la que se aburre soberanamente y cuando sale al balcón cierra los ojos, respira y se imagina que está en la playa. Al principio, envidiando a todo aquel que salía porque yo no podía hacerlo. Después, la que se planteó hasta tener un perro para poder salir a pasearlo, limpió y organizó una terraza que nunca utilizaba y que ahora le parece e mejor lugar de la casa. La que sale a la una y media y se toma una coca cola con hielo que le sabe a gloria, como si estuviera en el mismo chiringuito al borde del mar. La que ve cómo el árbol de delante de nuestra casa no tenía hojas cuando empezó la cuarentena y ahora no deja de tener brotes verdes. Yo, la que intenta cada día mentalizarse de que lo mejor es quedarse en casa, y que sale puntual a las ocho para el #saludosanitario.

Yo, la que cada día reza para que quede menos para salir, para que todos los que quiere sigan bien, la que lucha, desde su ventana, para mantenerse pase lo que pase Mas Que Guapa.

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Emma G.
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Redactora de Mas Que Guapa

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